sábado, 12 de mayo de 2007

El Poeta

Primero lo conocí por su libro "Barcos para armar", luego la vida nos puso en el mismo centro de trabajo. Para entonces ya era apodado El Poeta. No tengo idea quien le puso el sobrenombre, pero sin duda fue alguien que hizo honor a la verdad. La noche del viernes 11 de mayo El Poeta, Jesús Ramón Ibarra, recibió el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen por su libro Crónicas de Minton's Playhouse.
En ocasiones, aquellos con quienes se convive en el trabajo se meten en nuestros afectos y hacemos propias sus alegrías y tristezas; así, esta vez, la alegría del Poeta fue también nuestra.
A continuación las palabras que El Poeta pronunció y que amablemente cedió para publicarse en este blog, en donde la lucha libre es preponderante, pero ¿no es acaso la poesía un encuentro sin empate y sin indulto entre el poeta y las palabras?.


Buenas Noches a todos, agradezco de verdad su presencia.
Sobreviví. El 22 de diciembre de 1971, una tarde fría y de cielo encapotado, mi padre nos llevó un artículo que nos hizo conocer la música: se trataba de una consola Majestic, pagada al contado, nueva y brillante, señorial y ruidosa, que duraría un tramo mas o menos considerable de vida, hasta que nosotros, los hijos, inquietos y experimentales, comenzamos a meterle mano como a una dama dispuesta, a cambiar las agujas, a entrecruzar los cables de las bocinas, a abrirle las entrañas buscando el origen del mundo. Ahí, en esa consola, escuché por primera vez a Roberto Carlos, Camilo Sesto, Juan Gabriel, pero también escuché los discos que ponía mi padre: Fernando Fernandez, Emilio Tuero, Hugo del Carril, Carlos Gardel o Agustín Lara. A pesar de esa música, sobreviví: no me transforme ni en el amanerado baladista que querían mis tías y mis primas, el pelito largo y quebradizo, logrando falsetes imposibles entre una turba de ninfas hambrientas, ni me convertí en un chulo próspero, aficionado a las peluquerías de barrio, los billares, los salones de bailes en cuyo atmósfera la loción y el cigarro barato, el alcohol adulterado y la cerveza, lograban tejer una trama de oscuridad perversa no ajena a la cinematografía.
Sobreviví de la misma manera a Chayito Valdez, ídolo de la Tía Chayo, propensa a los festejos íntimos y no por ello menos escandalosos.
Sobreviví a Los Potros. El vecino de enfrente documentaba el sentimentalismo de toda la cuadra con el grupo local; nos hacía escuchar El Libro de los Dioses, Perdone señorita y otras cosas por el estilo, mínimamente tres veces por semana, como un sortilegio que aliviaba los males del alma y la quemazón de los corazones abandonados. Sobreviví a Napoleón. Sí, llegué a pensar que Napoleón era el sumum de la poesía cantada y me compré la obra completa del baladista, misma que terminó extraviada con el paso de los años, para fortuna de mi historial. Sobreviví a Vicente Fernandez. Alguna vez quise ser cantante vernáculo e impostaba la voz y me veía en el espejo, vestido con un imaginario traje de charro negro, ornado de plata y rematado por un sombrero monumental que sirviera de símbolo para mi naciente nacionalismo. Sobreviví a los trovadores latinoamericanos, pero me quedé con un puñado de canciones memorables, algunas frases, dos o tres versos, algún recuerdo tortuoso de madrugadas inacabables. Sobreviví a la música disco y al break dance, a pesar de ser asiduo de la Cascada. Sobreviví a Gerardo Ascencio, quien me ha explicado siete veces el origen de la Música Acuática, de Handel. Sobreviví a la idea de la música clásica en vivo: lo único que se ve en los conciertos es el trasero bamboleante del maestro en turno. Sobreviví al rock progresivo, al rock sinaloense, a Chalino Sanchez y Valentín Elizalde. Sobreviví a todo eso y a más. No sobreviví al jazz, sin embargo. Me quedé en esas estructuras complejas, en esos mecanismos que funcionan como los reveladores de un cambio permanente en el espíritu creativo de la música. Hacia 1938, en el primer piso del Hotel Cecil, de Harlem, Nueva York, el sax tenor Henry Minton inauguró el Minton`s Playhouse. Ahí, en ese lugar, hacia los primeros años de la década de los 40’s, Thelonius Monk, Kenny Clarke, Charlie Christian, Dizzy Gillespie y el más grande, Charlie Parker, crearon una revolución musical llamada bebop, cuyas repercusiones sacudieron las estructuras de la música moderna, en todos los niveles y en todos los géneros posteriores. A esos personajes esta dedicado Crónicas del Minton’s Playhouse, el libro, que no es otra cosa que una bitácora de supervivencia y de encantamiento musical. Aún así, me gusta la música sinaloense. No me gusta los escenarios que pisa, ni me gustan los pretextos que se toman para escucharla. Sigo soñando con que podamos vivir el tiempo suficiente para escuchar en un disco de Wynton Marsalis, El son de los aguacates o El niño perdido, en otro disco de Herbie Hanckock, El sauce y la palma, y lo mejor, que la Banda del Recodo pudiera sacar para gusto de nuestra prole rubicunda, un Count Basie songsbook y lo presentara en la feria ganadera.
Este premio tiene como destinatarios a muchas personas, algunas de las cuales están aquí presentes. Para mi esposa Marisela, y mis hijas Ximena y Mariana, ya lo saben, el amor y el tiempo y la luz que suena desde dentro y me ilumina cuando las escucho o las veo. Para mis padres, por aquella Majestic que luego se transformó en un estéreo viejo y en una grabadora ruinosa, el agradecimiento permanente. Para mis hermanos, por las horas, los minutos juntos y la música que escuchamos juntos también. Para mis cuñados y cuñadas, por querer saber qué pulsa detrás de mí persona, por querer conocerme más. Para mis sobrinos, porque fueron los primeros ensayos de mi paternidad responsable. Para mis amigos: Gerardo, Ernesto, Inga, Álvaro, Carlos, Ronaldo, Juan José Rodríguez, Alejandro Mojica, Paco, Frank, Mijail, Baldor, David Sinagawa, José Bañuelos, Emma Campaña, David Calderon, Maritza López, Juan Esmerio, Marisa, Jessica, María, Laura, Alma, Elmer, Oscar García, Vicente y Martín Amaral, Vicente Jaime Sánchez, Jesús Hidalgo, Miguel Ángel Hernandez, Pedro Álvarez, Lazaro Fernando y Agustín Galván, muchas gracias de veras.

jueves, 22 de marzo de 2007

El rito de iniciación

Culiacán, Sinaloa. Febrero del 2007.


-Para Vivendum

La diferencia de edades no los intimidaba. Caminaban tomados de la mano, abriéndose paso entre el gentío. La música de regueton se escuchaba cada vez más fuerte, a medida que transitaban por aquel pasillo, cuyo final lo presagiaba una luz que se hacía más brillante. La incandesencia los envolvió y a la música se sumaron gritos y silbidos cual si fueran bienvenida. Ella volteó a verlo, contempló complacida como sus grandes ojos se hacían más grandes aún y como desde muy dentro de su humanidad, que no rebasa el metro de altura, salió un grito ahogado: la luuuchaaa. La genética había cumplido. Su nieto había heredado la pasión por la lucha libre.
Ella no recordaba cómo el gusto por el segundo deporte más popular en México (superado apenas por el fútbol) se le anidó, pero sí tenía presente cuando llevó a sus dos hijos por vez primera a una función de lucha libre. Con ninguno de ellos el ritual había empezado a tan temprana edad, como con su nieto.
En lo que se acomodaban en el graderío revivió cuando aquel niño era apenas un bebé y juntos veían las luchas por televisión. Habían pasado casi tres años desde ese entonces y el fervor por el deporte del pancracio parecía crecer con la edad.
Ahí estaban ahora. Desde que vieron en el periódico el anuncio de la función él empezó a ahorrar sus monedas para costear las entradas de ambos. Ese 22 de febrero, momentos antes, pidió a su familia pasar por ella, en cuanto la saludó de entre sus ropas sacó una bolsa de plástico conteniendo 150 pesos en metálico, se las entregó y cumplido en su palabra dijo para la lucha. Por vez primera, para él, aquellos seres salían de la pantalla y los muñecos con los que jugaba cobraban vida.
Repuesto de la primera impresión reclamó su territorio, instalándose en su propio asiento. El silencio que guardó los primeros minutos cedió y se unió al griterío con aportaciones propias ¡Bájate payaso!, refiriéndose a Frank el Payaso, luchador local que momentos después sería reconocido como la revelación del año.
El grupo familiar que le acompañaba constató minuto a minuto su franca comodidad en aquel ambiente. Por sus manos pasó una amplia selección de antojitos. Sus ahorros le alcanzaron para mercarse una figura de acción, la cual, una vez en sus manos, ya no soltó.
A mitad del cartel, la empresa hizo un paréntesis para premiar y homenajear a luchadores locales. El ídolo culichi El Delfín acaparó aplausos y porras. Él puso su parte coreando Del-finDel-fin… A la vez, compartía con los vecinos de asiento sus comentarios de la función. En el albor de sus tres años aquellas palabras no resultaron entendibles para todos. Desesperado optó por no invertir su tiempo con quienes no lograban captar sus opiniones.
Eran casi las 11:00 de la noche y el cansancio empezaba a arropar a algunos de sus compañeros de aventura, quienes intentaban inducirlo a que se durmiera para abandonar el lugar. Descubrió el ardid, se sentó, contempló el ring y a los gladiadores, el gesto se tornó serio y con movimiento calculado el dedo índice y medio de su mano izquierda se estamparon en sus ojos abiertos, venciendo el natural reflejo del parpadeo. El sueño se fue sin necesidad de cafeína. Con el ánimo revitalizado, tras la maniobra, bailó sin parar con la música que ponía ambiente entre caída y caída.
Casi a la media noche llegó la lucha estelar, Dos Caras Jr. y El Volador Jr. enfrentaban al Último Guerrero y al importado de Italia, Marco Corleone. La atracción era ver al hijo del birrostro y al de la tierra de la pizza frente a frente. Ambos, de casi dos metros de altura, resultaban inusitadamente ágiles para sus físicos.
El Último Guerrero acorraló en una esquina a Dos Caras Jr, quitándole la tapa, develando la incógnita al público culichi. En ese momento, su frente se arrugó, clavó la mirada y despacio dijo como para sí mismo: le quitó la máscara. Enseguida, reprendió la acción profiriendo, desde lo más hondo de su ser, el mayor insulto que jamás antes alguien le escuchara ¡guácala de cochi!. Para que no quedara duda echó el cuerpo hacia delante, dirigió su vista al Último Guerrero y reiteró ¡Guácala de cochi tú!.
La función terminó. Salieron igual a como llegaron y con la misma emoción del inicio dijo a su abuela ¡vi la luuchaaa!.