jueves, 22 de marzo de 2007

El rito de iniciación

Culiacán, Sinaloa. Febrero del 2007.


-Para Vivendum

La diferencia de edades no los intimidaba. Caminaban tomados de la mano, abriéndose paso entre el gentío. La música de regueton se escuchaba cada vez más fuerte, a medida que transitaban por aquel pasillo, cuyo final lo presagiaba una luz que se hacía más brillante. La incandesencia los envolvió y a la música se sumaron gritos y silbidos cual si fueran bienvenida. Ella volteó a verlo, contempló complacida como sus grandes ojos se hacían más grandes aún y como desde muy dentro de su humanidad, que no rebasa el metro de altura, salió un grito ahogado: la luuuchaaa. La genética había cumplido. Su nieto había heredado la pasión por la lucha libre.
Ella no recordaba cómo el gusto por el segundo deporte más popular en México (superado apenas por el fútbol) se le anidó, pero sí tenía presente cuando llevó a sus dos hijos por vez primera a una función de lucha libre. Con ninguno de ellos el ritual había empezado a tan temprana edad, como con su nieto.
En lo que se acomodaban en el graderío revivió cuando aquel niño era apenas un bebé y juntos veían las luchas por televisión. Habían pasado casi tres años desde ese entonces y el fervor por el deporte del pancracio parecía crecer con la edad.
Ahí estaban ahora. Desde que vieron en el periódico el anuncio de la función él empezó a ahorrar sus monedas para costear las entradas de ambos. Ese 22 de febrero, momentos antes, pidió a su familia pasar por ella, en cuanto la saludó de entre sus ropas sacó una bolsa de plástico conteniendo 150 pesos en metálico, se las entregó y cumplido en su palabra dijo para la lucha. Por vez primera, para él, aquellos seres salían de la pantalla y los muñecos con los que jugaba cobraban vida.
Repuesto de la primera impresión reclamó su territorio, instalándose en su propio asiento. El silencio que guardó los primeros minutos cedió y se unió al griterío con aportaciones propias ¡Bájate payaso!, refiriéndose a Frank el Payaso, luchador local que momentos después sería reconocido como la revelación del año.
El grupo familiar que le acompañaba constató minuto a minuto su franca comodidad en aquel ambiente. Por sus manos pasó una amplia selección de antojitos. Sus ahorros le alcanzaron para mercarse una figura de acción, la cual, una vez en sus manos, ya no soltó.
A mitad del cartel, la empresa hizo un paréntesis para premiar y homenajear a luchadores locales. El ídolo culichi El Delfín acaparó aplausos y porras. Él puso su parte coreando Del-finDel-fin… A la vez, compartía con los vecinos de asiento sus comentarios de la función. En el albor de sus tres años aquellas palabras no resultaron entendibles para todos. Desesperado optó por no invertir su tiempo con quienes no lograban captar sus opiniones.
Eran casi las 11:00 de la noche y el cansancio empezaba a arropar a algunos de sus compañeros de aventura, quienes intentaban inducirlo a que se durmiera para abandonar el lugar. Descubrió el ardid, se sentó, contempló el ring y a los gladiadores, el gesto se tornó serio y con movimiento calculado el dedo índice y medio de su mano izquierda se estamparon en sus ojos abiertos, venciendo el natural reflejo del parpadeo. El sueño se fue sin necesidad de cafeína. Con el ánimo revitalizado, tras la maniobra, bailó sin parar con la música que ponía ambiente entre caída y caída.
Casi a la media noche llegó la lucha estelar, Dos Caras Jr. y El Volador Jr. enfrentaban al Último Guerrero y al importado de Italia, Marco Corleone. La atracción era ver al hijo del birrostro y al de la tierra de la pizza frente a frente. Ambos, de casi dos metros de altura, resultaban inusitadamente ágiles para sus físicos.
El Último Guerrero acorraló en una esquina a Dos Caras Jr, quitándole la tapa, develando la incógnita al público culichi. En ese momento, su frente se arrugó, clavó la mirada y despacio dijo como para sí mismo: le quitó la máscara. Enseguida, reprendió la acción profiriendo, desde lo más hondo de su ser, el mayor insulto que jamás antes alguien le escuchara ¡guácala de cochi!. Para que no quedara duda echó el cuerpo hacia delante, dirigió su vista al Último Guerrero y reiteró ¡Guácala de cochi tú!.
La función terminó. Salieron igual a como llegaron y con la misma emoción del inicio dijo a su abuela ¡vi la luuchaaa!.

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